Leí recientemente
en Harvard Business Review, Noviembre 2004 la noticia de que los empleadores
de Estados Unidos no valoran tanto ni los conocimientos de matemáticas
ni el dominio de una segunda lengua, lo cual resulta muy llamativo desde
nuestra perspectiva.
En Costa Rica se
está abriendo paso el consenso de que es indispensable que nuestros
muchachos manejen bien las matemáticas, el lenguaje y el pensamiento
científico y tengan amplios conocimientos de inglés.
No hay duda de
que la realidad física obedece al lenguaje de las matemáticas,
lo cual de manera semejante creía Galileo.
Vemos que nos vamos
adentrando en una economía del conocimiento donde el valor de
los productos no depende ya de las materias primas de las cuales estén
hechos sino del conocimiento que tengan incorporado.
En un teléfono
celular, los materiales tal vez tengan el mismo costo que los materiales
que se utilizan para construir una silla.
Pero el conocimiento
que está incorporado en ambos productos, es bien diferente. Por
eso un celular tiene un precio más alto que el de una silla.
En estas circunstancias,
la mano de obra tiene que irse transformando en “mente de obra”
un término que le he escuchado varias veces a Roberto Sasso.
El camino para
transformar la mano de obra en mente de obra es a través de la
acumulación de conocimientos científicos y para ello se
requiere la obtención y utilización de destrezas matemáticas.
Pero no se detiene
ahí la valoración de esos conocimientos. Yo no me santiguo
ante la ciencia. Tiene limitaciones. Es parte de la etiqueta científica
aceptar que los conocimientos que se tienen por verdaderos, son provisionales.
Es parte del protocolo
científico abrir la puerta a la crítica y al cuestionamiento
de la verdad provisional que se ha ido alcanzando.
Esto en sí
es un valor. No solamente la ciencia y las Matemáticas nos dan
un cierto dominio sobre la realidad física a través de
la Física, la Química, la Biología sino que también
nos auxilian en nuestra vida cotidiana.
La ciencia y el
comportamiento de los científicos en un antídoto contra
los dogmatismos. Y tampoco la tengo contra los dogmatismos en la esfera
correspondiente a la fe.
El dogma, en el
terreno de la fe, es equivalente a la teoría en el terreno científico.
Un dogma es para el ser humano de fe, como un axioma en Geometría.
Lo grave es que
ciertos asuntos que no son de fe, como en gestión de empresas,
en gestión política, o en gestión personal, no
seamos un poco más objetivos a la manera científica y
no tengamos una mayor apertura a la crítica y a la revisión.
Nuestro lenguaje
es la herramienta con la cual describimos nuestro mundo a otros y nos
describimos el mundo a nosotros mismos.
Es la herramienta
con la cual nos planteamos los problemas y mediante la cual intentamos
resolverlos.
Pero ese lenguaje
dista mucho de semejarse al lenguaje lógico matemático,
el cual es económico, riguroso, conciso, simple.
El lenguaje científico,
además de eficaz, a veces resulta también elegante. Nosotros
en nuestros asuntos cotidianos nos perdemos en él porque nuestro
lenguaje y nuestro pensamiento están llenos de imprecisiones,
errores de lógica, atajos indebidos y marañas confusas.
Por eso resulta
tan triste que solamente un 27% de los candidatos haya aprobado las
pruebas de Matemáticas de noveno año.
Eso conducirá
grandes mayorías de estudiantes a optar por carreras universitarias
donde “no haya Matemáticas”, lo cual hará
que pasen sus años universitarios sin contrastar sus modos confusos
de pensar y hablar, con los precisos y concisos que utiliza la ciencia.
Los empleadores
estadounidenses pueden darse el lujo de no valorar los conocimientos
matemáticos de sus solicitantes de empleo. Pero para un país
como el nuestro, esa es la reserva de talento de la cual deben nutrirse
nuestras ventajas competitivas.